“El político trata sólo con la política; el moralista, con la moral; el sediciente maestro espiritual, con el espíritu; cada cual pensando que es un experto y excluyendo a todos los demás. Toda nuestra estructura social se basa en eso, y así estos líderes en las diversas áreas de la actividad humana, causan mayores estragos y traen más desdicha al mundo. La política es meramente un instrumento de explotación; pero si él considera la vida como un todo, no únicamente la política (por la cual entiende sólo su país, su pueblo y la explotación de los demás), y contemplara los problemas humanos no como problemas nacionales, sino mundiales; no como problemas americanos, hindúes o alemanes; entonces, si comprendiera aquello de que hablo, sería un verdadero ser humano, no un simple político.”
El buen político, J. Krishnamurti
En nuestras épocas es muy difícil encontrar “buenos” políticos. Generalmente esta expresión habla de los políticos hábiles, que saben “moverse”. Sin embargo a muchos se les olvida que ser un “buen político” requiere de más cualidades que las de un “simple político”.
En efecto nuestra historia política reciente se basó hasta hace poco en un discurso por cierto recitado muy ritual e inteligentemente a la vez antagónico, autoregulado y de balance dizque justo entre una ideología retórica francamente revolucionaria alentando los “estados histéricos” de un pueblo en celo, y otra de facto discretamente conservadora dándoles seguridad a los influjos de inversión de capital y tranquilizando los posibles temores de la pequeña burguesía naciente.
Los doce años de PAN que siguieron, a pesar de cargar con el peso del “¡No nos falles!” lanzado en el Angel de la Independencia y comprometiendo a Vicente Fox el día de su elección, no supieron capitalizar su popularidad del inicio de su gestión, para “engendrar” un nuevo régimen integralmente democrático. En efecto, no apareció esa “raza” de hombres inteligentes, desinteresados y visionarios, de buenos políticos.
